EL UMBRAL HABITADO - GABRIEL RUIZ (OCTUBRE)



El umbral habitado.
La experiencia del espacio en la Casa Calderón de Fernando Martínez Sanabria
Crítica de la arquitectura
2026-2

Gabriel Felipe Ruiz Sarmiento

Estudiante de Arquitectura
Universidad Nacional de Colombia
Facultad de Artes
Escuela de Arquitectura y Urbanismo



           Casa Calderón, (1963) Bogotá. Imagen tomada de: http://hiddenarchitecture.net/casa-calderon/

La arquitectura suele juzgarse con frecuencia a través de sus propiedades visibles. Sin embargo, su valor esencial reside en el modo en que cobra vida mediante el desplazamiento - en el espacio, en el tiempo, en el clima - y en la experiencia espacial de quien la habita. En el panorama urbano y residencial colombiano de mediados del siglo XX, la labor de Fernando Martínez Sanabria destaca por transformar la vivienda en un entorno dinámico concebido desde la escala del observador en marcha. Martínez Sanabria concibe la casa como un entramado de atmósferas que se descubren de forma progresiva. Un testimonio representativo de esta postura es la Casa Calderón, construida en Bogotá a finales de la década de 1950, una obra en la que la forma construida se amolda a los ritmos de la marcha y redefine las fronteras habituales de la vida doméstica.

En el diseño residencial tradicional, el límite entre el afuera y el adentro suele resolverse mediante una pared o un plano divisorio, que marca un cambio abrupto entre la calle y la intimidad del espacio privado. En la Casa Calderón, por el contrario, la entrada no es una barrera estática, sino una trayectoria dilatada de preparación e inmersión. El umbral se despliega como un territorio intermedio dotado de espesor y gradación, es un espacio que se puede habitar.

Desde el instante en que alguien se aproxima a la propiedad, el acceso principal no se expone a primera vista. Fernando Martínez Sanabria oculta intencionadamente la puerta de entrada, obligando a rodear el volumen mediante quiebres sutiles en la fachada, juegos de planos y sobreposiciones de materiales, luz y sombras.  Acceder a la vivienda deja de ser un acto mecánico para convertirse en un recorrido envolvente donde los muros guían de manera natural el cuerpo hacia el corazón de la casa. De esta manera, el paso desde la esfera exterior hacia el ámbito íntimo se vive como una transición fluida y paulatina.

Una vez dentro de la Casa Calderón, la noción convencional de la habitación cerrada y ortogonal queda descartada. Martínez Sanabria aparta la tiranía del ángulo recto y de la retícula simétrica para introducir un lenguaje geométrico orgánico, dominado por muros de contorno curvo, paramentos en diagonal y esquinas abiertas que se amoldan al movimiento orgánico del cuerpo humano y a las orientaciones del paisaje bogotano.

Esta renuncia a los noventa grados no responde a una búsqueda formalista ni a un artificio visual; se trata de una estrategia espacial diseñada para enriquecer la percepción interna. Un muro curvo no encierra de manera tajante el espacio, sino que acompaña y desvía la trayectoria del paso. Al aproximarse a una superficie cóncava o convexa, la persona es conducida sin tropezar con esquinas muertas o giros bruscos. Las líneas sinuosas actúan como un canalizador que invita a avanzar, logrando que la mirada rodee la pared y anticipe con curiosidad lo que se oculta al otro lado.

Asimismo, las diagonales desempeñan un papel fundamental en la tensión y estiramiento de las perspectivas interiores. En la Casa Calderón, los planos inclinados rompen la rigidez del volumen y abren abanicos visuales que conectan áreas contiguas sin necesidad de cierres herméticos. Al desplazarse por sus estancias, se experimenta un dinamismo continuo donde los muros parecen deslizarse unos tras otros. La perspectiva nunca queda estancada en un único punto de fuga; por el contrario, cada cambio de dirección revela una nueva fuente de luz natural, un encuadre inesperado hacia los patios o un paso fluido hacia otros sectores del inmueble. El espacio se torna cambiante y tridimensional, alejándose de la mera suma de recintos independientes. En la Casa Calderón, la circulación pierde su carácter de pasaje aislado y se disuelve en el área habitable.

El recorrido por la vivienda está pautado por variaciones constantes de altura y anchura. Existen zonas de paso donde la cubierta desciende y los paramentos se estrechan, generando un efecto de acogimiento y cobijo que concentra la atención del habitante; posteriormente, al bordear un muro en curva o cruzar un quiebre diagonal, el recinto se expande repentinamente en salones con techos elevados que se abren hacia los jardines y las vistas exteriores. Este juego rítmico entre estrechamiento y desahogo genera una vivencia física marcada por la alternancia de escalas.

Bajo este enfoque, lo público y lo privado dejan de ser sectores tajantemente divididos. La zona social de la Casa Calderón no se exhibe de manera transparente hacia la vía pública ni se encierra en un bloque aislado, se repliega e interactúa con patios ajardinados y terrazas intermedias, creando un refugio protegido que permanece conectado con el entorno natural. La privacidad se construye modulando la profundidad del trayecto, la inclinación de los paramentos y la entrada indirecta del sol.

La Casa Calderón de Fernando Martínez Sanabria representa una demostración de cómo la arquitectura es capaz de colocar la vivencia corporal en el centro de la creación del espacio. A través del uso hábil de muros curvos, trazos en diagonal y un tratamiento dilatado de los accesos, Martínez Sanabria logra que la casa se convierta en una experiencia espacial viva y cambiante. El habitante deja de ser un observador pasivo para transformar el entorno a través de su propio recorrido y presencia. En definitiva, esta obra nos enseña que la riqueza de la arquitectura reside en su aptitud para dar forma al espacio a partir de los ritmos y movimientos de la vida cotidiana.


     Casa Calderón, (1963) Bogotá. Imagen tomada de: http://hiddenarchitecture.net/casa-calderon/


Comentarios

  1. Es interesante la manera en que se plantea la circulación como algo más que un simple recorrido entre espacios, sobre todo, me llamó la atención la idea de que el espacio se vaya descubriendo a medida que el cuerpo se mueve, porque hace que la arquitectura deje de ser algo que simplemente observamos y pase a ser algo que experimentamos, ya que, no percibimos el espacio de la misma manera cuando lo vemos desde afuera que cuando lo recorremos y lo vivimos con nuestro propio cuerpo. También es interesante cómo en la Casa Calderón los muros curvos, las diagonales y los cambios de escala no son solamente decisiones formales, sino que condicionan la manera en que el cuerpo se mueve y percibe. Me queda la pregunta de si, al diseñar pensando tanto en el recorrido, existe el riesgo de que el arquitecto termine determinando la experiencia de quienes habitan la casa, o si esa es la razón que enriquece un espacio y como lo percibimos.

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    1. Gracias por tu aporte, Sara. Yo creo que, si bien la noción del umbral define el límite y gradúa la relación con el espacio, este —al igual que las estancias y las circulaciones— surge ante todo como una operación formal y la materialización de una idea espacial.

      Un ejemplo claro de esto es la idea de la errancia en la arquitectura de Rogelio Salmona. Sus recorridos, desniveles y traspasos de escala no buscan determinar o imponer de forma rígida la vivencia del cuerpo, sino invitar a la pausa y a la exploración libre. En ese sentido, esa intencionalidad formal no restringe al habitante, sino que es justamente la que enriquece el espacio, permite la sensibilidad y hace más consciente la percepción de habitar. No sé si respondo tu duda.

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