¿Una casa para habitar o una obra para contemplar? - Yully Quintana (octubre)
Yully Andrea Quintana Ramírez
Universidad Nacional de Colombia
Crítica de la Arquitectura
2026 - II
Durante una de las primeras sesiones de la clase el profesor mencionó el texto “De un pobre hombre rico” en el que Adolf Loos plantea una crítica a la obsesión del arquitecto por controlar hasta el más mínimo detalle de la vida doméstica. El protagonista recibe una casa en la que todo ha sido diseñado y dispuesto por el arquitecto: los muebles, los objetos, los colores e incluso los espacios destinados a cada actividad. Aunque podría parecer el ideal de una obra arquitectónica integral, el resultado termina convirtiéndose en una especie de prisión estética. El habitante ya no puede incorporar objetos propios, cambiar la disposición de los muebles o modificar su entorno sin alterar aquello que el arquitecto ha concebido como una totalidad. Así cuando el arquitecto pretende controlar completamente el espacio, también pretende controlar, indirectamente, la manera en que las personas viven en él.
Esta situación plantea una pregunta que considero importante para pensar la arquitectura: ¿en qué momento el interés por conseguir una obra estéticamente perfecta termina imponiéndose sobre las necesidades de quienes la habitan? Me parece problemático que, en algunos casos, la arquitectura se conciba como una obra de arte terminada, cuya integridad debe conservarse intacta, en lugar de entenderse como un espacio que está al servicio de las personas y que, por lo tanto, debería admitir cambios y transformaciones. A diferencia de una pintura o una escultura expuesta en una galería, una vivienda no está hecha únicamente para ser contemplada. Es el lugar donde transcurre gran parte de nuestra vida, donde descansamos, compartimos con otras personas y construimos una parte importante de nuestra identidad. Por eso, considero que debería existir una diferencia entre diseñar un espacio y determinar exactamente cómo debe vivirse. Los habitantes no deberían sentirse limitados por las decisiones estéticas de quien diseñó su casa, ni tener que sacrificar su comodidad para conservar una composición arquitectónica.
Además, las personas y sus formas de habitar no son estáticas. Las necesidades cambian, aparecen nuevos intereses y los espacios adquieren significados diferentes con el paso del tiempo. Una habitación puede convertirse en un estudio, los muebles pueden reorganizarse, las paredes pueden llenarse de fotografías y recuerdos. Estas modificaciones no necesariamente representan una pérdida de valor arquitectónico; por el contrario, pueden ser una muestra de que el espacio está siendo apropiado y responde a la vida de quienes lo ocupan (que pienso es el verdadero propósito de la arquitectura). La arquitectura no debería terminar el día en que se entrega una obra, pues su existencia continúa a través de las experiencias y transformaciones que ocurren en ella.
El proyecto Quinta Monroy, del estudio Elemental bajo la dirección de Alejandro Aravena en Iquique, Chile, propone una relación diferente entre arquitectura y habitante. El proyecto surgió como respuesta a la necesidad de reubicar a cerca de cien familias que llevaban décadas ocupando informalmente un terreno de alto valor urbano en el centro de la ciudad. Debido a las limitaciones presupuestales, el equipo de arquitectos se enfrentó al reto de proporcionar viviendas adecuadas sin desplazar a las familias hacia terrenos periféricos ni perder las ventajas de su ubicación.
La solución consistió en desarrollar lo que se conoce como vivienda incremental. El proyecto contempla dos tipologías de vivienda que comparten una misma lógica: entregar una parte construida y reservar espacios para su posterior ampliación. En el primer caso, se diseñaron viviendas de un solo nivel, ubicadas en la planta baja, que inicialmente contaban con aproximadamente 36 m². Estas se organizaban dejando un espacio vacío contiguo, de dimensiones similares, que podía ocuparse posteriormente para ampliar la casa de manera horizontal, incorporando nuevas habitaciones y otros espacios según las necesidades de cada familia, hasta alcanzar cerca de 70 m².
La segunda tipología corresponde a viviendas dúplex ubicadas en los niveles superiores, que ocupan dos plantas conectadas mediante una escalera interior. Estas unidades se entregaban inicialmente con unos 25 m² construidos y contaban con un volumen vacío previsto para su ampliación progresiva, hasta alcanzar aproximadamente 72 m². En ambos casos, el proyecto no dejaba el crecimiento completamente a la improvisación: la estructura, los muros principales, las escaleras y las instalaciones se diseñaron considerando las dimensiones y necesidades de la vivienda una vez estuviera ampliada. Así, los espacios inicialmente vacíos no eran áreas residuales, sino partes de la casa cuya construcción se aplazaba deliberadamente para que cada familia pudiera completarlas de acuerdo con sus posibilidades económicas y necesidades particulares.
A escala urbana, las 93 viviendas se organizaron en cuatro agrupaciones alrededor de patios colectivos, generando espacios intermedios entre lo público y lo privado que favorecen el encuentro y la convivencia entre vecinos. De esta manera, la propuesta no solamente buscaba resolver la necesidad de ampliar las viviendas, sino también conservar las relaciones comunitarias que las familias habían construido durante años.
Lo interesante de este proyecto es que el arquitecto no busca tener el control absoluto sobre el resultado final, sino que reconoce que las familias tienen conocimientos sobre sus propias necesidades y deben tener la libertad de participar en la construcción de su espacio doméstico. La arquitectura funciona aquí como una estructura abierta a la transformación, que establece unas condiciones iniciales sin pretender determinar por completo cómo será habitada. En lugar de entender las modificaciones posteriores como alteraciones de una obra terminada, las incorpora como parte fundamental de su concepción.
No considero que la arquitectura deba renunciar a la intención estética ni que todo deba quedar sujeto a modificaciones sin ningún criterio. Sin embargo, creo que es necesario reconocer que el valor de una obra no debería medirse únicamente por su apariencia o por la fidelidad con la que conserva las ideas originales de su autor. Una arquitectura verdaderamente habitable también debería tener la capacidad de admitir las huellas de quienes pasan por ella, adaptarse a sus necesidades y envejecer junto a sus habitantes. Quizás el mayor logro de una vivienda no sea permanecer exactamente como su arquitecto la imaginó, sino llegar a convertirse en un lugar que sus habitantes sientan realmente suyo.





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